En 1545, el médico español Andrés de Laguna se encontró en Metz con una pareja acusada de brujería. En casa de la mujer halló un tarro con un ungüento verdoso de olor penetrante: lo que siglos después se conocería popularmente como ungüento de las brujas. Curioso, lo aplicó sobre la piel de la mujer mientras dormía. Ella no despertó en treinta y seis horas. Cuando lo hizo, describió con detalle sueños de vuelos nocturnos y aquelarres. Laguna, hombre de ciencia, anotó el episodio en su comentario a Dioscórides. No habló de magia. Habló de plantas.
Lo que decían las fuentes históricas sobre el ungüento de las brujas
El ungüento de las brujas es una de las preparaciones más documentadas en la literatura demonológica y médica europea entre los siglos XV y XVII. Johannes Hartlieb, médico bávaro, describió en su Buch aller verbotenen Künste (1456) una pomada elaborada con siete plantas recogidas en momentos astrológicos específicos, mezcladas con grasa animal.
Johann Weyer, médico flamenco y uno de los primeros críticos racionales de la caza de brujas, dedicó varios capítulos de su De Praestigiis Daemonum (1563) a analizar estas preparaciones. Su conclusión fue inequívoca: las mujeres acusadas de volar al aquelarre no volaban — sufrían los efectos de alcaloides vegetales potentes aplicados sobre la piel.
Las recetas variaban según la fuente, pero un grupo de plantas aparece de forma consistente en todas ellas.

Las plantas del ungüento de las brujas documentadas
Belladona (Atropa belladonna)
La belladona es el ingrediente más frecuentemente citado en las recetas históricas del ungüento. Contiene atropina y escopolamina, alcaloides que en dosis elevadas producen taquicardia, alucinaciones vívidas y la sensación subjetiva de vuelo o levitación.
Su nombre popular — belladona, «bella dama» en italiano — proviene del uso que las mujeres venecianas hacían de su extracto para dilatar las pupilas, considerado signo de belleza. La misma planta, en usos distintos.
Beleño negro (Hyoscyamus niger)
El beleño comparte con la belladona los mismos alcaloides principales y aparece junto a ella en prácticamente todas las recetas del ungüento de las brujas documentadas en los procesos inquisitoriales. Andrés de Laguna lo identificó como componente probable del ungüento que analizó en Metz.
La escopolamina que contiene es especialmente relevante: además de sus efectos alucinógenos, produce amnesia anterógrada, lo que explica por qué muchas acusadas de brujería describían con detalle experiencias que nunca habían vivido físicamente.

Estramonio (Datura stramonium)
El estramonio, también llamado «manzana del diablo», es el más potente y peligroso de los tres. Sus alcaloides — atropina, escopolamina e hiosciamina — en dosis mínimamente superiores a la terapéutica producen un delirio tóxico intenso con alucinaciones que el sujeto no distingue de la realidad.
Johann Weyer lo menciona específicamente como ingrediente habitual en las preparaciones que él denominaba somnifera — inductoras del sueño profundo y los sueños vívidos asociados al vuelo nocturno.
Acónito (Aconitum napellus)
El acónito aparece en varias recetas históricas del ungüento aunque su presencia es más controvertida entre los investigadores modernos. Contiene aconitina, un alcaloide que produce una intensa sensación de hormigueo y entumecimiento cutáneo que podría interpretarse subjetivamente como la sensación de flotar.
Su toxicidad es extrema — es uno de los venenos vegetales más potentes de la flora europea — lo que hace difícil establecer una dosis ritual segura. Posiblemente su presencia en las recetas era más simbólica que farmacológica.

Cicuta (Conium maculatum)
La cicuta, famosa por ser el veneno empleado en la ejecución de Sócrates, aparece en algunas recetas del ungüento de las brujas como ingrediente secundario. Su principio activo, la coniína, produce parálisis muscular progresiva y en dosis bajas puede generar una sensación de pesadez y adormecimiento del cuerpo.
La clave farmacológica: por qué se aplicaba en ungüento
Este es el detalle que convierte el ungüento de las brujas en un objeto de estudio farmacológico genuinamente interesante. Los alcaloides de las solanáceas — belladona, beleño, estramonio — son absorbidos de manera mucho más eficiente a través de la piel y las mucosas que por vía oral.
La aplicación tópica de una pomada grasa con estos extractos permitía una absorción lenta y sostenida que producía efectos alucinógenos prolongados sin el riesgo de sobredosis aguda que conllevaba la ingestión. Quien formuló estas recetas, siglos antes de que existiera la farmacología moderna, había descubierto empíricamente la vía transdérmica de administración.
Laguna, en su comentario a Dioscórides, lo formuló con notable precisión para su época: la mujer no viajó al aquelarre, pero su cerebro experimentó ese viaje con una intensidad que ningún argumento racional podía desmentir.
Conclusión
El ungüento de las brujas no era magia — era farmacología aplicada con siglos de conocimiento empírico acumulado. Las plantas que lo componían son reales, sus efectos están documentados, y la lógica de su preparación en forma de ungüento graso revela un saber herbal sofisticado que la demonología medieval interpretó en clave sobrenatural.
Detrás de cada aquelarre hay un herbario. Detrás de cada bruja, una botánica.
Este artículo es una introducción al tema. Si quieres profundizar en la historia completa del ungüento de las brujas — con análisis fitoquímico detallado, fuentes primarias y el contexto etnobotánico completo — consulta nuestro artículo monográfico en Crónicas Etnobotánicas.
Categoría: Grimorios y Recetas Etiquetas: ungüento de las brujas, belladona, beleño, estramonio, plantas mágicas, solanáceas, brujería histórica, etnobotánica Meta descripción: Qué plantas componían realmente el ungüento de las brujas según las fuentes históricas documentadas: belladona, beleño, estramonio y acónito, con su explicación farmacológica.